jueves, 24 de noviembre de 2011

El monstruo verde




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Aquella noche de firmamento estrellado y grillos pletóricos de luna decidí salir a dar un paseo cerca del acantilado que todo el mundo llamaba Da Morte por la cantidad de naufragios que allí se habían producido desde tiempos inmemorables Toby mi fiel perro me acompañaba encantado de entrar en contacto con los habitantes de la noche.

Poco a poco me fui adentrando en el bosque el canto de una lechuza sonó en lo más hondo de aquella densa masa arbórea un lobo hizo también acto de presencia como parte de la orquesta y algún ciervo decidió imponerse con su bramido me alegré de llevar un impermeable pues la lluvia pronto se unió solícita a nuestro paseo nocturno.

De repente un agudo grito se impuso bruscamente sobre los demás sonidos el perro ladró nervioso no supe qué hacer el fuerte viento que se había levantado me impedía avanzar cada vez más y cuando los truenos lo llenaron todo decidí refugiarme en una pequeña cueva que vislumbré a lo lejos hasta que pasara la tormenta.

Afortunadamente pude comprobar que mi mechero seguía en su bolsillo y aunque parezca increíble algún pastor había hecho acopio de madera y hierba seca por lo que pronto pude contar con un reconfortante fuego para calentarme mi lecho de hierba seca y el calor de las doradas llamas hizo que pronto me rindiese al sueño pero mi mente siguió su propia aventura y decidió conducirme a otras latitudes.

Me encontraba en una lancha con más gente un mar embravecido nos rodeaba y todos gritábamos sabíamos que estábamos a punto de estrellarnos contra las rocas sentí que había llegado el fin y lo acepté resignada me abracé a algo muy pequeño que estaba conmigo y de cuyo destino era responsable cerrando los ojos dispuesta a dejar de existir fue entonces cuando un silencio verde lo cubrió todo.

El canto de los pájaros me despertó a la mañana siguiente el bosque olía a tierra mojada soñolienta pero feliz de haberme refugiado de la tormenta decidí emprender el camino de vuelta a casa cuando ya estaba a punto de llegar al final del sendero desde el que se veía el acantilado cercano a mi casa el furor de las olas me recordó la omnipotente presencia del mar no pude evitar asomarme para disfrutar una vez más de su verde infinitud.

Fue entonces cuando recordé el estremecedor grito de la noche anterior pues sobre la playa pude contemplar los desvencijados vestigios de una rudimentaria barca que se había estrellado contra las rocas durante la tormenta sin dejar rastro alguno de todos sus tripulantes ese monstruo llamado egoísmo que habitaba las profundidades de nuestro mundo se los había tragado para siempre.

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